Siempre solía acostarme en mi cama, junto a la venta y esperar a ver entrar a mi casa una cabeza medio canosa, entre cabellos blancos y negros, ahora predominan más los blancos en esa cabecita de cristal.
Cuando mi padre entraba, llegaba silbando algún bolero, de esos viejos que a él y a mi mamá enamoraron en su época. Se sentaba junto a la mesa de comedor y leía los recibos o las propagandas que encontraba en el buzón; todos los días llegaba a mirar el buzón. Mi padre fue un hombre siempre sereno, alguien muy noble y en cierto sentido era tácito, aún lo es pero ha cambiado el silencio por sonrisas, y es que su cara no tiene arrugas y cuando sonríe me muestra sus dientes y el rojizo que se postra en su cara.
Mi abuela me contaba que mi papá al tener mi edad era más flaco que yo; y es que yo no me explico cómo alguien puede ser más flaco que yo, si mis pómulos se ven muy resaltados y los cachetes como hundidos, a veces me dejo crecer la poca barba que tengo para disimularlo; pero a fin de cuentas si no son los cachetes hundidos, son mis brazos delgaditos. Mi abuela siempre me compara con mi papá y me dice que era parecido a él, creo que es por eso que al tener yo menos de 10 años mi papá se postraba en la puerta de la habitación y podría verme horas y horas dormir, a veces fingía estar durmiendo para ver a mi papá en la puerta de mi habitación; aunque una vez me sorprendió cuando descubrió que no estaba dormido, me dijo que el sabía que no estaba dormido porque yo dormía con los ojos medio abiertos, de inmediato empezaron las cosquillas y después el afán por dormir temprano para la madrugada de otro día.
Nunca comprendí la química, aunque mi papá era bueno para esas materias él se dio rendido al verme fracasar en la química, lo único que recuerdo de la química es un experimento en el que él me ayudo, demostraría la electricidad a partir de una papaya, para mayor fortuna la papaya termino con dos cilindros de cobre conectada a un enchufe de luz, y después en la cabeza de mi profesor de educación física. Lo que sí aprendí de mi padre fue su nobleza, y su sonrisa, y su forma de dar abrazos, aunque la mayor parte de sus abrazos son un tanto esquivos; pero en este 31 de diciembre me dio un abrazo tan emotivo que las lagrimas brillaron su rostro.
Mi madre me decía que lo que le atraía de mi papá era su mechón blanco tras el cabello negro que solía tener; decía que era algo distinto a todos los chicos de la época y que las otras muchachas también les llamaba ese mechón blanco; a decir verdad me hubiese gustado tener ese mechón blanco para decir que soy mas similar a mi papá; es que mi papá es más que un ejemplo a seguir, y eso que a el nunca le llamaron las artes, pero al verme dibujar desde pequeño sabía que mi mano cargaría un pincel, a veces sospecha que escribo, y él me ha dicho que escribir no es malo. La semana pasada me regaló un libro que habla sobre cine, es de un autor que le hablé cierta vez, aunque siempre anda con los ojos en la tele, sé que me escucha y lo hace porque a veces me pregunta de cosas que ni recordaba haberle contado. Hay veces que deja llevar su vida entorno a la lógica y es que no puedo esperar a más de un hombre que se consume por la matemática y la física, su trabajo son las medidas exactas y cualquier error en el puede causar la muerte de miles de vidas.
Admiro a mi papá, siempre ha demostrado ser un hombre fiel, culto; con decirles que no toma de a mucho y jamás lo he visto caerse borracho, el fumaba cigarrillos piel roja en su época, y mi tío dice que otras cosas de más; pero cuando se enteró de que iba a ser papá acabó con todo vicio por la protección de sus seres amados, a veces critica a mi mamá de su fumadera, y a veces le echa la culpa del que yo también fume; no soy capaz de fumar frente a el, pues sus ojos demuestran tanta ternura que el humo del tabaco arruinaría ese brillo natural; y es que si ven a mi papá, se darán cuenta de que sus ojos son chiquiticos, pero cuando entras en ellos jamás puedes salir. A él le gusta que yo lea mucho, y más cuando tiene que ver con historia; los sábados o los domingos nos quedamos horas viendo el canal de historia, aunque a el sólo le tarda media hora porque lo demás se la queda durmiendo, sus ronquidos no me disgustan, son como los trombones de una orquesta, o como el llamado de los búhos, a veces se escuchan como el silbido de la brisa atrapada en las paredes de la noche.
Cuando miro el vacío, que es muy a menudo, recuerdo lo que ha hecho por mí; y es que jamás ha parado de confiar en mí; cuando era pequeño era muy travieso y el era quien iba a mi rescate; me regalaba pistas de autos y cosas por el estilo, hasta que un día me vio dibuja un muñeco de acción y fue cuando me regaló un juego de lápices, eran de distinto color, y en unos el grafito salía con más facilidad que en los otros, me enseñó el “sfumato” de Leonardo, al mostrarme con el grafito como podía crear sombras; y yo que juraba que él no sabía dibujar. Ahora, ya en estos nombrado tétricos 20’s yo soy quien se queda postrado en la puerta de su alcoba por minutos que parecen horas, viéndolo dormir; es que su forma redonda me causa mucha gracia es como un oso de nieve depilado.
Es que mi papá es único, es como la mejor sonrisa condensada de la alegría más infinita y de la nobleza más agraciada. Es mi papá y es que ni los lápices que me regaló han podido decir cuánto lo amo. Tal vez con la pluma que también me regalo, no lo he intentado porque puede que sea un esfuerzo en vano, tal vez jamás pueda describir lo que es el amor verdadero, porque es ese el que le tengo a mi papá.
sábado, 19 de junio de 2010
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