lunes, 17 de enero de 2011

Las mujeres.

Lo contaré de forma simple como suelo contar mis cuentos y el lector que me ha leído ya entenderá de lo que hablo porque en realidad sabe que no hablo de nada y que ésto no es más que un patético y perdido intento de empezar un escrito, más aún cuando éste lleva un nombre tan complejo: Las mujeres.

-¿Adjetivo?. Me preguntaba yo cuando vi a esa chica subirse en el tren. Qué adjetivo llevaría en su blusa era la pregunta que redondeaba círculos ligeros en mi cabeza y luego en mi almohada. Su pecho no era muy común, tenía un qué se yo que me distrajo la mirada en esos tan contados trece segundos. ¿Qué perfume llevaría en su pecho? ¿Bois des Iles de Chanel? No lo sé. Sólo sé que me recordó al jazz y a la música que guardo en mi baúl, jazz. Es curioso pensar lo que hace un perfume y un pecho, trasladarnos en el tiempo y el espacio para llenarnos de recuerdos, porque eso pasa con los aromas y los secretos de los grandes perfumes, son simples recuerdos y los pechos también. Cerré mi libro y apagué la luz tenue amarilla, esa que se enciende todas las noches al lado de mi cama, aún cuando tengo compañía. Aún cuando no es mi cama y estoy en un hotel o baño de algún bar, luz tenue y amarilla.

-¿No te despides de mí?
-Las despedidas es un cliché, yo no soy de clichés.
-¿Volverás?
-Si no me despido de ti, entonces no lo sé.
-¿Me llamarás?
-Cuando llegue a París.
-No olvides apagar la luz, Juan.


-Anoche soñé con ella, le decía a Emilio mientras el organizaba el desorden de mi taller.
-Señor, yo no sé usted pero le aconsejo que vaya al psicólogo.
-No, aún no es tiempo de psicólogo, algún día entenderás por qué Emilio. Emilio se repetía una y mil veces en la cabeza esa absurda idea de que un día me encontraría en el suelo, inerte, sin vida, frío y con ojos pálidos y sería allí cuando comprendería eso del psicólogo, Emiio no sabe que morir es sólo una sensación. Tarde mucho en organizar en orden alfabéticos los óleos y los acrílicos que tenía regados, "Do", "Re", "Mi" "Mi menor", etcétera, mientras Emilio preparaba el té y sacaba unas galletitas del bifet para las medias nueves, él siempre tenía algo con qué entretenerme entre la conversación del té y las boronas de las galletas.
-¿Cómo está tu hija, Emilio? He visto que la llamaste ésta mañana.
-Ah señor, esa niña ya no es tan niña, imagínese usted que me ha pedido permiso para salir el sábado a una reunión en casa de los Rodriguez, imagine usted, ya con permisos para fiestas y cosas así, ya se me hace que me veo viejo y con ojos cansados. Emilio no era un hombre viejo, llevaba unos doce años trabajando para mí, para complacerme en cada capricho que se me antojara, como por ejemplo, Emilio orina ésta parte del lienzo o Emilio lávate las manos y haz la cena.
-¿Y tu mujer, Emilio, aún tienes esa duda de que te pone los cachos?
-No señor, ya se ha sido cosa del pasado, con todo respeto don Juan, acá entre dos hombres le digo que las mujeres no son tan complicadas como lo dicen los libros, es por eso que son tan fáciles en los poemas, don Juan, las mujeres son personas tan inteligentes que su único defecto es no saberlo.
-¿No saber qué, Emilio, a qué te refieres?
-A eso mismo señor, a que las mujeres no saben qué tan inteligentes son, nosotros somos astutos y abusamos de eso.
-¿No es lo mismo ser astuto a inteligente, Emilio?
-¡Oh, no señor!, claro que no, es muy diferente ser astuto a inteligente.

¿Ser astuto o inteligente? No lo sé, pero Emilio había logrado algo en mí, algo que hace muchos años no sentía, estúpida incertidumbre por definiciones de diccionario. No busqué un diccionario. Esa noche prendí la radio, escuché noticias, desempolvé un disco de Armstrong y lo repetí una y otra vez, toda la noche mientras acababa el tabaco de mi pipa pensando en eso, en ser astuto o inteligente.

¿No te despides de mí?
-Las despedidas es un cliché, yo no soy de clichés.
-¿Volverás?
-Si no me despido de ti, entonces no lo sé.
-¿Me llamarás?
-Cuando llegue a París.
-No olvides apagar la luz, Juan.
-No si tú me llamas.


Desperté en un salto escandaloso de la cama, sudando, con las manos temblorosas y el vaso de agua vacío; la luz tenue amarilla estaba encendida. La apagué, me dirigí a darme un baño y respirar, respirar profundo para luego acordarme de eso que había estado pensando anoche y que me tenía cardíaco. Fui a la estación de tren, tenía que llevar unas pinturas a Montmartre, una restauración que me habían encargado el alcalde y sus amigos ebrios, todos ministros, putos ministros. Al ir a la estación vi algo que me dio luz roja celeste, era una mujer de aspecto familiar, algo que de no ser por el aroma no reconocería Bois des Iles de Chanel, Laura. Casi desmayé al instante, no podía creer que estuviese acá en París, corrí a alcanzarla, corrí mucho y vaya que sí corría. Mis piernas eran ráfagas y mis brazos se extendían para tomar a alguien del brazo y evitar que se fuera de ese lugar. Lo logré, Laura alcanzó a sentir mi olor a ocre o a trementina me sonrío, me miró a los ojos y me abofeteó. No podía entenderlo, cómo alguien de repente puede cambiar tan rápido de ánimo, cómo se puede cambiar una sonrisa a un llanto cargado de ira en menos de un minuto, eso no era astucia, desde luego. La traté de calmar, se acercaron dos policías y ella los detuvo, de no ser así estaría contando esto desde una prisión de París. Se calmó solita. Seguía con cierta rabia en su mirada, un rencor o una sed de venganza y no era impresión mía, la conocía muy bien, aún así aceptó tomar el café conmigo.
-No me llamaste cuando llegaste a París.
-No, no había luz en mi hotel. era mentira, si había luz, sólo que ese mismo día me acosté con la niña que atendía el hotel, a los tres días salí de allí porque el padre se dio cuenta que me tiraba a su niña, su inocente niña y yo le gritaba desde la puerta, ¡no era virgen hijo de puta!, ¡no era virgen!; claro, nunca entendió porque sólo hablaba francés.
-No has cambiado, tus estúpidas respuestas siguen en marcha.
-Mis estúpidas respuestas te enamoraron alguna vez.
-¿Cómo sabes si alguna vez me enamoré de ti?, decía Laura terminando su café y viendo un vaso de whisky que había pedido, un whisky on the rocks.
-Lo sé por la simple razón de que yo sí lo hice, porque me enamoré de ti y por eso te dejé en Arles, cuidando de mis pinturas que luego regalaste al clochard, las hubieses vendido, tres millones ofreció el mejor postor.
-No necesito de tu dinero.
-Necesitas de mi amor, le dije entre dientes con voz baja para que nunca me escuchara, pero su oído era inteligente.

Esa noche no sé porqué Emilio no estaba en casa, igual, me convenía que no estuviese en casa. Miraba a Laura caminar desnuda por el primer piso, el único piso de mi casa. Se sentó en el borde de la fuente, fumando ese cigarrillo con esos labios rojos, sus piernas apenas salían por mi camisa, mi camisa azul favorita que ella llevaba puesta y que ahora la impregnaba de ese Chanel mezclado con tabaco. La mujer de mis pesadillas era ahora la mujer de mi más profundo cuadro surreal, el amor volvía. El amor nunca se fue Juan, me decía frente al espejo del baño mientras lavaba mi cara y le preguntaba a ella si quería cenar. Definitivamente no cenamos, queríamos más amor, más amor entre sabanas, los olores del pasado, su transpiración, sus gritos, sus gemidos, su voz quebrantándose en el orgasmo que sólo ella sentía cuando lo hacía conmigo, porque era eso, porque el orgasmo que Laura tenía conmigo se llamaba amor y sus tibios fluidos eran el físico de eso, lo tangible del amor. Traté de no dormir, de ver el amanecer a su lado, viendo como ese rojo que encendía mi ventana se postraba por pocos minutos en sus grandes ojos, que me mirarían y me amarían, que luego me dirían que nos quedáramos juntos en París, que nos amáramos todos los días y que discutiéramos por mi desorden y por sus libros manchados de jugo de naranja sobre la mesa pero al final no pude, estaba tan cansado, tanto amor que di que al final sólo cerré mis ojos.

¿No te despides de mí?
-Las despedidas es un cliché, yo no soy de clichés.
-¿Volverás?
-Si no me despido de ti, entonces no lo sé.
-¿Me llamarás?
-Cuando llegue a París.
-No olvides apagar la luz, Juan.
-No si tú me llamas.
-Je t'aime.
-Moi non plus


No estaba, su silueta marcada en mi sabana decía claramente que me había abandonado, su venganza; una mujer inteligente. Lo comprendí al instante, sin embargo fui a la estación de tren en busca de un aroma a jazz porque ya no importaba el Chanel y encontré mi cuadro surrealista, ahí estaban, fumando cigarrillo o esperando el tren de la estación; las mujeres.